Una subasta improvisada al término del rodaje de la trilogía dejó una imagen que aún hoy circula entre quienes trabajaron en la producción: un gesto discreto que garantizó el futuro de uno de los caballos más queridos del equipo. La historia importa porque revela tanto la cercanía entre el reparto y el equipo técnico como la preocupación por el bienestar animal más allá de las cámaras.
Cuando concluyeron las grabaciones de El Señor de los Anillos, varios animales que participaron en la saga quedaron disponibles y se organizó una puja entre los miembros del equipo. Viggo Mortensen, que había interpretado a Aragorn, aprovechó entonces para quedarse con Brego, el caballo que montó en buena parte de sus escenas.
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Pero no fue el único vínculo que nació en el set. Jane Abbott, especialista que realizó las escenas de Arwen, desarrolló una relación estrecha con otro ejemplar, un semental blanco conocido como Florian. Al terminar el rodaje quiso pagar por él, pero las ofertas alcanzaron cifras que ella no podía igualar.
Ante esa situación, Mortensen intervino por sorpresa: se sumó a la puja con la intención de asegurar que Florian quedara en manos de su compañera. Tras ganar, avisó a Abbott con un mensaje y la invitó a recoger al caballo en la granja. Cuando ella le preguntó cuánto debía, él rechazó cobrarle y se lo regaló.
- Quién: Viggo Mortensen (actor) y Jane Abbott (especialista de acción).
- Animales implicados: Brego (asignado a Mortensen) y Florian (regalado a Abbott).
- Contexto: subasta privada tras el rodaje de la trilogía.
- Resultado: Florian pasó a ser propiedad de la especialista sin coste para ella.
La anécdota es, en apariencia, sencilla, pero tiene varias lecturas. Por un lado muestra la intensidad de los vínculos que se forman en un rodaje prolongado: no sólo con compañeros humanos, sino con animales que comparten largas jornadas. Por otro, ilustra una práctica común en grandes producciones: cuando concluye el trabajo, se decide el destino de atrezzo, monturas y animales, y a veces esas decisiones buscan preservar el bienestar del ejemplar.

Para los aficionados, historias como esta alimentan la mitología alrededor de una franquicia: no son solo objetos de colección, sino recuerdos vivos de una experiencia colectiva. Para quienes trabajaron en la película, queda la imagen de un gesto práctico y discreto que evitó que un caballo con el que se habían vivido muchas horas cayera en malas manos o siguiera un destino incierto.
Al final, lo que permanece es el contraste entre la escala épica de la producción y este acto íntimo y personal: un compañero de rodaje que cambia de manos gracias a la solidaridad entre colegas.











