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La escasez de componentes electrónicos, impulsada por la demanda creciente de inteligencia artificial, empuja a científicos y empresas a explorar alternativas radicales. Entre esas propuestas, la investigación sobre redes de hongos como elementos capaces de procesar y guardar información está ganando tracción por su propuesta ecológica y por las propiedades eléctricas inesperadas del micelio.
Por qué importa hoy: la búsqueda de soluciones que reduzcan la dependencia del silicio y la presión sobre la cadena de suministro tiene consecuencias directas en consumidores, fabricantes y en la gestión de residuos tecnológicos.
Cómo el micelio genera señales eléctricas
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Investigadores han comprobado que las hebras que forman el entramado subterráneo de los hongos, el micelio, no son meramente estructuras físicas: registran variaciones eléctricas complejas que, en laboratorio, pueden medirse y analizarse.
El método habitual consiste en insertar electrodos en sustratos colonizados por hongos y monitorizar la actividad bajo condiciones controladas de humedad, luz y temperatura. Esas lecturas muestran patrones que recuerdan, en determinados aspectos, a los potenciales eléctricos observados en neuronas.
Estos hallazgos no son totalmente nuevos: desde finales del siglo XX se han documentado paralelismos entre la actividad eléctrica de algunos hongos y la de tejidos nerviosos. En la última década, experimentos con el moho Physarum polycephalum y otros organismos reforzaron la idea de que sistemas biológicos simples pueden producir señales útiles para la computación no convencional.
Propiedades de memoria y plasticidad
Un rasgo clave observado en varios estudios es la capacidad del micelio para cambiar su resistencia eléctrica tras estímulos repetidos —una característica conocida como comportamiento memristivo. En la práctica, eso implica que el propio tejido guarda vestigios de estímulos previos y adapta respuestas futuras, de forma análoga a la plasticidad neuronal.
Un estudio reciente dirigido por el investigador John Larocco examinó el micelio de Lentinula edodes (shiitake) y documentó estas propiedades memristivas. Los autores proponen utilizar hongos resistentes y de cultivo sencillo como base para componentes electrónicos biodegradables que eviten el uso intensivo de metales raros, agua y procesos energéticos de la industria tradicional.
Prototipos y aplicaciones potenciales
En los últimos dos años han aparecido los primeros prototipos de lo que algunos equipos denominan “placas base biológicas”: circuitos híbridos donde el micelio actúa como parte del procesamiento o del almacenamiento y se conecta a sensores electrónicos de alta precisión.
Las posibles aplicaciones van desde sensores ambientales integrados en suelos y materiales de construcción hasta componentes empotrados en tejidos o embalajes que detecten humedad, presión o degradación. La ventaja más citada es una reducción de la huella ambiental y de los residuos electrónicos al emplear materiales biodegradables.
- Ventajas: menor impacto ecológico, integración con materiales vivos, posibilidad de dispositivos biodegradables.
- Limitaciones actuales: estabilidad temporal, reproducibilidad entre muestras, velocidad de procesamiento y escalabilidad industrial.
- Siguientes pasos: optimizar la uniformidad de los circuitos, aumentar la durabilidad y desarrollar interfaces fiables entre tejido vivo y electrónica convencional.
Varios grupos académicos, incluido el laboratorio de Andrew Adamatzky, han demostrado la viabilidad de conceptos básicos; sin embargo, los sistemas actuales todavía funcionan a escala de laboratorio y requieren condiciones estrictas para evitar ruido en las señales.
Riesgos y desafíos técnicos
Convertir una red viva en componente tecnológico plantea retos únicos: la variabilidad biológica, la sensibilidad a factores ambientales y la necesidad de mantener un organismo con vida dificultan su uso en entornos industriales convencionales.
Además, la integración con la electrónica moderna exige sensores y algoritmos capaces de interpretar señales biológicas heterogéneas, y el diseño debe garantizar seguridad, reproducibilidad y una vida útil que compita, al menos en nichos concretos, con el silicio.
Otro punto a considerar es la regulación: introducir dispositivos que incorporen organismos vivos en productos de consumo o infraestructuras públicas implicará marcos legales y éticos nuevos.
¿Qué puede esperar el público en los próximos años?
Por ahora, la computación fúngica permanece en fase de prueba de concepto. No existe una ruta clara para que sustituya a la industria del silicio a gran escala en el corto plazo. No obstante, su desarrollo sí puede acelerar soluciones locales y sostenibles en sectores específicos donde la durabilidad no sea el factor crítico o donde la integración con ecosistemas vivos aporte valor añadido.
En resumen, la investigación sobre el micelio como componente electrónico abre un camino prometedor para reducir dependencia de materiales críticos y para diseñar dispositivos con menor impacto ambiental. Su avance dependerá de superar barreras de estabilidad, estandarización y escalado; mientras tanto, seguirá siendo un área de experimentación que combina biología, ingeniería y diseño.












