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Con la llegada del calor y el uso intensivo de tintes y herramientas térmicas, las dudas sobre cómo cuidar el cabello vuelven a la mesa. Un farmacéutico especializado en cosmética desmonta los errores más comunes que condicionan rutinas y pueden dañar el pelo si no se corrigen a tiempo.
¿Lavarse el pelo a diario provoca más grasa?
No hay una regla única: la frecuencia óptima de lavado depende de cada persona. Héctor Núñez, farmacéutico conocido como Cosmetocrítico, explica que la producción de sebo está gobernada por factores biológicos y no por la frecuencia del lavado, por lo que no es cierto que lavar el cabello habitualmente lo haga más graso.
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Sin embargo, mantener el cuero cabelludo limpio sí tiene efectos visibles: reduce la acumulación de residuos y células muertas, evita que se obstruyan los folículos pilosos y contribuye a que la hebra nazca con mejor apariencia y menos quebradiza. También hay que evitar extremos: lavados excesivos pueden alterar el equilibrio natural, así que lo ideal es adaptar la rutina a la necesidad real del pelo.
Agua fría y brillo: qué hay de cierto
Mucha gente cree que enjuagar con agua fría “sella” la cutícula y aumenta el brillo. En la práctica, ese efecto de mayor brillo suele deberse a residuos de acondicionadores o mascarillas que quedan sobre la fibra cuando el enjuague es menos eficaz, no a un cierre mágico de la cutícula.
Es decir: si notas más brillo después de un aclarado frío, puede deberse a que la fase grasa del producto no se ha eliminado por completo. Eso puede dejar la sensación visual de pelo más brillante, pero no es lo mismo que mejorar la salud del cabello.
Cortar las puntas: ¿estimula el crecimiento?
Cortar puntas da una apariencia más sana, pero no acelera el nacimiento de cabello nuevo. El crecimiento y la resistencia vienen marcados por la genética, las hormonas y el estado del cuero cabelludo, no por la tijera.
Aun así, sanear las puntas es útil: detener puntas abiertas evita que el daño progrese hacia la fibra y reduce la rotura, lo que al final mantiene el largo con mejor aspecto. En resumen, el corte no aumenta la velocidad de crecimiento, pero sí preserva la calidad del cabello.
Mascarilla o acondicionador: cuándo usar cada uno
Aunque en el envase ambos productos parezcan cumplir la misma función, su formulación y objetivos son distintos. Los acondicionadores suelen presentar una fase grasa ligera y agentes que facilitan el desenredo; las mascarillas, una carga lipídica más elevada y efecto reparador intensivo.
- Cabello sano o corto: champú y, si lo necesitas, acondicionador ligero.
- Cabello largo, teñido o muy tratado: mascarilla semanal o cada pocos lavados para aportar lípidos y nutrición profunda.
- Aplicación: siempre de medios a puntas; evita aplicar estos productos directamente sobre el cuero cabelludo para no generar residuos ni irritación.
- Frecuencia: adapta la intensidad del tratamiento a la porosidad y daño del pelo, no a modas.
Más allá de la elección del producto, el consejo recurrente del especialista es no tratar mascarilla y acondicionador como intercambiables: uno aporta nutrición intensa, el otro aporta suavidad y desenredo sin sobrecargar la hebra.
En la práctica diaria, basta con observar cómo responde tu cabello: si se enreda, pide acondicionador; si está seco, áspero o poroso, solicita mascarilla. Y si dudas, disminuir la exposición a tintes agresivos y al calor suele ofrecer mejoras más rápidas que cambiar productos constantemente.
Hoy más que nunca, con la polución y el estrés que afectan al cuero cabelludo, desmontar estos mitos importa porque evita tratamientos innecesarios y daños acumulados. Aplicar hábitos sencillos y personalizados —lavar según necesidad, usar el producto adecuado y sanear puntas cuando haga falta— protege la salud capilar a largo plazo.












