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En 2013, una campaña publicitaria puso en el centro del debate la relación entre patrimonio histórico y marketing: una compañía de videojuegos financió la exhumación de los restos de un corsario español para conectar su nuevo lanzamiento con una figura local. El gesto reavivó el interés por un personaje canario y abrió preguntas sobre ética, memoria y difusión cultural.
De la ficción a la arqueología: una promoción poco habitual
Con el estreno de Assassin’s Creed IV: Black Flag a la vista, los responsables de la franquicia querían ofrecer algo más que anuncios tradicionales en España. La búsqueda de un argumento local llevó a Ubisoft a fijarse en una figura histórica que, pese a su relevancia regional, no tenía exposición internacional: Amaro Pargo.
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La compañía respaldó una intervención arqueológica que, en noviembre de 2013, acabó convirtiéndose en noticia por sí misma. El apoyo corporativo a un equipo de la Universidad Autónoma de Madrid para abrir la tumba del corsario generó una mezcla de interés histórico y polémica sobre el papel de las empresas en la gestión del patrimonio.
¿Quién fue Amaro Pargo?
Nacido en 1678, Amaro Pargo ejerció principalmente como comerciante, aunque su vida quedó vinculada a las rutas atlánticas y la confrontación en la mar. Con el paso del tiempo fue descrito tanto como pirata como corsario, figura esta última que implicaba actuar bajo el permiso (o la tolerancia) de la corona de Felipe V.
No existen contratos firmes que confirmen la entrega de una patente de corso, pero las crónicas y registros permiten afirmar que participó en la captura de embarcaciones enemigas y en el comercio que alimentó su prosperidad.
Además de su actividad en el mar, Pargo dejó huella en su isla natal: destinó parte de sus recursos a obras agrícolas y ayudas sociales en Tenerife, financiando viviendas y donaciones para la educación y manutención de niños desfavorecidos.
La exhumación de 2013 y lo que reveló
Un equipo de arqueólogos y forenses de la Universidad Autónoma de Madrid abrió la sepultura de Pargo en San Cristóbal de la Laguna pocos días después del lanzamiento del videojuego. Entre los restos hallados se encontraban no solo el esqueleto atribuido al corsario, sino también familiares directos, un servidor y varios recién nacidos sin relación sanguínea aparente.
Los investigadores interpretaron la presencia de esos niños como producto de prácticas religiosas y creencias populares —la idea de que enterrar a niños bautizados junto a cristianos podía evitar el limbo— aunque los análisis forenses eran fundamentales para precisar identidades y causas de muerte.
Qué quedó después: memoria, marketing y patrimonio
La campaña logró su objetivo inmediato: situar el nombre de Amaro Pargo en medios más allá del archipiélago. Al mismo tiempo, reavivó la discusión sobre si la utilización de restos y contextos funerarios con fines promocionales es compatible con el respeto al patrimonio.
En Tenerife la figura del corsario ya formaba parte del imaginario local; fuera de la isla, el gesto sirvió para ampliar su visibilidad pero no para igualar la fama de nombres como Barbanegra o Sir Francis Drake. Su casa, además, ha sufrido saqueos a lo largo del tiempo, lo que subraya la fragilidad de los vestigios físicos frente al interés mediático.
- Fecha clave: noviembre de 2013, exhumación patrocinada por Ubisoft.
- Origen: Amaro Pargo, nacido en 1678 en Tenerife, comerciante y corsario.
- Hallazgos: restos del supuesto corsario, familiares, un servidor y varios recién nacidos en la misma sepultura.
- Impacto: aumento de la visibilidad mediática y debate sobre ética en la promoción cultural.
Perspectivas
El caso ilustra dos tensiones actuales: la necesidad de conservar y estudiar el patrimonio con rigor científico y el interés de actores privados por asociar marcas a relatos históricos. Cuando el negocio y la investigación convergen, emergen preguntas sobre prioridades, consentimiento y memoria colectiva.
Más allá de la anécdota publicitaria, la exhumación de Pargo dejó una consecuencia tangible: el nombre de un corsario tinerfeño volvió a la conversación pública. Ese eco plantea ahora un reto a historiadores, gestores culturales y empresas: cómo colaborar sin que la historia se convierta en mero escenario de promoción.












