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Martin Cooper, el ingeniero que realizó la primera llamada móvil en 1973, ha vuelto a poner en perspectiva cómo usamos los teléfonos que él ayudó a crear: su preocupación no es técnica sino social. Sus observaciones recientes sobre la atención y la seguridad muestran por qué el debate sobre el uso del smartphone sigue siendo urgente hoy.
Quién es Cooper y qué cambio provocó
Cooper lideró el equipo de Motorola que puso en manos del público el primer teléfono móvil —un aparato grande y pesado que hoy resulta casi de otra era— y, desde entonces, la comunicación personal se transformó por completo.
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Aunque reconoce el valor del dispositivo —cree que la tecnología móvil puede aportar avances en salud y ciencia—, se muestra sorprendido por la forma en que se utiliza ahora: constante, automática y muchas veces riesgosa.
Un diagnóstico sobre la atención pública
En la entrevista que concedió en 2023, con motivo del 50.º aniversario de la primera llamada, Cooper planteó que la gente mira el móvil con demasiada frecuencia e interpreta ese comportamiento como un problema de diseño más que de carácter individual.
Su conclusión es clara: no es simplemente que las personas tengan poca voluntad, sino que las aplicaciones y las notificaciones están creadas para captar y retener la mirada.
Lo que explican los estudios
La literatura científica sobre comportamiento y tecnología respalda esa lectura. El scroll infinito y los avisos constantes activan mecanismos cerebrales asociados a la recompensa, lo que facilita la repetición compulsiva de acciones aparentemente triviales, como mirar la pantalla al cruzar la calle.
- Riesgos físicos: aumento de accidentes peatonales por distracción.
- Impacto cognitivo: fragmentación de la atención y menor concentración sostenida.
- Salud mental: vínculos detectados entre uso problemático y alteraciones del sueño o del ánimo.
- Social: cambios en la calidad de la interacción interpersonal y en las normas públicas de cortesía.
¿Estamos condenados al teléfono?
No necesariamente. Cooper mismo usa un iPhone y un reloj inteligente a sus 90 y tantos años, y admite que su manejo nunca será idéntico al de generaciones más jóvenes. Pero propone una lectura optimista: los hábitos se aprenden y se pueden transformar.
La historia ofrece precedentes. La sociedad aprendió a convivir con la televisión sin permanecer hipnotizada por ella; con las pantallas puede ocurrir algo similar si combinamos diseño responsable, educación y normas claras para espacios públicos.
La cuestión práctica ahora es cómo equilibrar beneficios y riesgos: mantener las ventajas del acceso permanente a información y comunicación sin sacrificar la seguridad ni la atención colectiva. Esa es la discusión que, según Cooper y varios estudios, resulta imprescindible en la agenda pública y tecnológica.













